De dragones y tierra: una comparación sobre fantasía latinoamericana y anglosajona

De dragones y tierra: una comparación sobre fantasía latinoamericana y anglosajona

Todos los escritores de fantasía bebemos del mito. Lo que varía es la interpretación que hacemos de él.
Muchos de nosotros habremos leído El Señor de los Anillos, Las Crónicas de Narnia o Canción de hielo y fuego. Es innegable la influencia que la literatura anglosajona ha tenido en la conformación del género de fantasía épica.

Dichos autores toman elementos de la mitología celta y nórdica, pero los transforman según su propia concepción del mundo. En Tolkien y Lewis encontramos una clara distinción entre el bien y el mal, mientras que Martin prefiere la ambigüedad moral de sus personajes.
Las creaciones de estos y muchos otros escritores expandieron el género más allá de la literatura, llevándolo al cine, los videojuegos y la cultura popular.

Sin embargo, por momentos la fantasía parece estar encadenada a ciertos símbolos: armaduras y espadas, dragones, castillos y cortes de estilo europeo.
Y cabe la pregunta: ¿qué sucede cuando esos elementos se reconvierten, se entremezclan o son reemplazados por otros?

La literatura latinoamericana es tanto o más rica. Podemos mencionar el caso de Liliana Bodoc, con su worldbuilding inspirado en la cultura precolombina del sur del continente: comunidades que reflejan tradiciones mapuches, guerreros que empuñan lanzas y criaturas míticas únicas.
Esto no significa que esas historias renuncien a los arquetipos —como el viaje del héroe—, pero sí que los enraízan en la naturaleza y la memoria. La narrativa fluye como un canto ancestral, como si las voces de antaño susurraran aún al oído de las nuevas generaciones.

En mi caso particular, los elementos de las culturas precolombinas son una fuente inagotable de creatividad.
Espero que algún día la fantasía épica latinoamericana sea más reconocida en el mundo, y que sirva de base para estudios sobre estructura y composición creativa.
Que los niños no solo sueñen con volar a lomos de un dragón, sino también con cantar alrededor del fogón sobre encuentros con el Pombero o el Kurupí.