El Sacerdote
Hakan no podía creer lo afortunado que era: ser llamado a la presencia del mismo Señor de las Batallas, con apenas un año de iniciado. Aún se estaba acostumbrando a la intensidad de los colores, a la lentitud con que a veces aleteaban los insectos.
“La fruta cambia el tiempo, muchacho”, le había dicho el maestro Qhapaq.
Cada día sus fuerzas crecían, junto a sus deseos de servir a la orden.
Y ahora, en esta parte del mundo donde la gente no conocía la nieve, pronto tendría oportunidad de ver con sus propios ojos al dios al que. Bueno, al menos cuando esta misión terminara.
“Se ocultan en las montañas cerca de las tierras del norte, ¿puedes creerlo?”, dijo Kusi mientras se ajustaba el cinturón, “cualquiera pensaría que habrían cruzado las grandes aguas después de lo del templo”.
Hakan sintió que el fuego le consumía las entrañas. Tan intenso como el del templo incendiado por aquellas mujeres que sólo sabían de destrucción y muerte.
“Como sea. Están a la vista, y tendrán que enfrentar la pena”, continuó Kusi ya listo.
“No debemos subestimarlas. Estas mujeres han sobrevivido a meses de persecución. Son fuertes y no tienen nada que perder. Incluso han derrotado a otros sacerdotes”.
“No creerás ese mito de las tres, ¿verdad?”.
“Lo que creo es que descuidarnos sería tonto”.
Kusi debió percibir la seriedad en el rostro de Hakan, y se limitó a asentir.
El viaje en caballo había sido rápido, pero ahora el grupo marchaba sin monturas, aprovechando el sigilo. Era la forma de sorprenderlas.
El primer relámpago llegó sin aviso, seguido por el estruendo de cientos de rayos. Entonces las vieron: tres mujeres, tan parecidas que podían ser hermanas.
Intentó detener a Kusi antes de que este saltara hacia ellas, pero el rayo lo tomó de lleno en el pecho.
“¡No te precipites Kunaq!”, gritó a su compañero restante, “¡Usa la ventaja! ¡Ellas se cansarán antes que nosotros!”.
Las mujeres parecieron estar de acuerdo y echaron a correr hacia una casa de piedra y madera en descomposición.
Hakan soltó su cinturón y lo arrojó con precisión, atrapando a la rezagada. Kunaq intentó hacer lo propio con las otras, pero estas voltearon antes y se detuvieron.
“¡Escudos!”, dijo Hakan, sin entender por qué sentía la necesidad de dar las órdenes.
Los guantes brillaron y los escudos aparecieron en sus puños, apenas a tiempo para resistir la descarga.
Aprovecharon su fuerza para avanzar mientras los sostenían.
Podía ver las gotas de sudor cayendo desde las frentes de las mujeres. Eran poderosas, pero como su entrenamiento lo había predicho, se estaban agotando.
Cuando por fin dejaron caer los brazos, un grito desgarrador casi rompió sus oídos. La layqa atrapada abría la boca como un león de montaña. Sus ojos perdieron las pupilas.
Apenas tuvieron tiempo de protegerse. La explosión los tomó lanzándolos cerca del edificio.
“¡Kunaq! ¿Estás bien?”, preguntó cuando recuperó el aliento.
“Si, vamos por ellas…”.
El olor a humedad del interior hería los sentidos. Las dos mujeres abrazaban a un par de niños cubiertos de mugre y harapos.
“Ocúpate de las mujeres, yo me encargaré de los niños”, dijo Kunaq aproximándose.
“¿De qué hablas? Son sólo niños”.
“Son layqa. Crecerán para ser igual que demás”.
“Detente hermano”, lo cortó Hakan interponiéndose.
“Apártate. ¿Vas a respetar su vida después de la muerte de Kusi?, ¿del incendio?”.
Kunap alzó el escudo dispuesto a aplastar la cabeza de la mujer que tenía los niños a sus espaldas. Hakan interpuso los brazos.
“¡Por favor Kunaq! ¡Detente!”.
Pero ahora Kunaq se adelantaba. Hakan lo tomó por la espalda rodeándole el cuello.
El forcejeo era brutal. Escuchó el crujido y su compañero azotó el suelo.
“Ustedes…han traído la desgracia para esos niños”, dijo con la voz rota.
“La desgracia los persigue desde que nacieron”, respondió una de ellas escupiendo el suelo.
“El sacerdote del templo…”.
“Buscaba probar nuestra habilidad para sanar…con ella”, continuó tomando el rostro la niña.
Hakan vio las cicatrices donde antes había una oreja.
“Aun así fue quemado vivo”.
“¡Y lo haría otra vez, mil veces!”.
“Deben responder por su crimen”.
“¿Responderás por el tuyo?”.
“Hice lo que debía para obedecer a mi señor”.
“Ya. Es difícil saber cuántos años tienen los de tu clase. Pero ya hablas como un fanático”.
“Saben que no puedo dejarlas ir”.
“Y nosotras no te dejaríamos escapar tampoco. Pero ellos son niños”.
La residencia del señor de las batallas era como un cuento. Olía a una casa llena de recuerdos. A flores…y a paz.
“Mi señor”, dijo hincando la rodilla, sin atreverse a mirarlo.
“De pie Hakan”, respondió este tendiéndole la mano, “eres el valiente custodio de la frontera del norte”.
“No sé si valiente, señor. Mi compañero Kunaq…”.
“Muerto en su misión”.
“No, fui yo…”.
“Hakan, dime algo”, la voz divina no era el trueno que esperaba, sino una suave briza. “Todo lo que hiciste, lo que haces… ¿cuál es la raíz?”.
“Es…porque creo que es lo mejor para el mundo”.
Entonces, no hay nada más que decir. Tengo grandes esperanzas puestas en ti, Hakan. Hablaremos ahora del gran propósito. Del dolor de nuestras decisiones… y de las cosas infinitamente peores que tendremos que hacer.
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