La layqa

La layqa

Hoy era un buen día. Un cliente se llevaba la última hogaza de pan y aún el sol se encontraba alto. Podría jugar con sus hermanas, incluso tal vez podrían ir a las ruinas, donde las voces antiguas cantaban.

Apuró el paso ignorando el dolor de las piedras bajo las suelas gastadas.

El pueblo bullía de actividad. Pronto los luchadores elegidos para el torneo desfilarían por el camino principal. A ella nada de eso le interesaba. Sólo el tintinear de las monedas en su cinturón que sacarían una sonrisa a su madre.

Pronto pudo verla en la puerta quitando polvo de la entrada. La gente decía que su madre era bonita. Ella estaba de acuerdo, aunque lo sería más si dejara de fruncir el ceño por las preocupaciones.

"¡Llegas temprano!", la saludó moviendo el brazo.

"He vendido todo". Ahí estaba. La sonrisa. El surco en la frente casi desaparecía.

Miró a su madre ansiosa.

"Está bien", dijo esta soltando un suspiro, "pero regresen antes de que el sol se ponga".

Se lanzó por la puerta a buscar a las pequeñas.

Pronto estuvieron en las ruinas. Sólo permanecían unas paredes con piedras blancas, ahora cubiertas por enredaderas. Pero más allá de ella, estaba el estanque.

Se echaron a tierra y guardaron silencio.

La voz del estanque no siempre cantaba, pero hoy era un buen día...

No pasó nada por un rato, pero el fin la voz joven y vieja surgió. La melodía era triste, pero tan bella...ignoraron las sombras cayendo. Cuando se pusieron de pie el sol era un recuerdo.

La puerta aún estaba abierta y el estómago se le contrajo. Escuchó la carcajada y olió el alcohol. Dos hombres.

"¡Madre!", dijo. Y enmudeció después.

"Pero que niñas tan preciosas", dijo el que sostenía el cuchillo. "Si insistes en ocultar el dinero, tal vez ellas no sean de valor". Miró a su madre, esta negó con la cabeza.

"Llevénse lo que quieran. Les daré las monedas".

"Eso ya no será suficiente", dijo el otro hombre, su mano grasosa bajando a su pantalón.

El brazo se quebró con un chasquido.

"¡Maldita bruja!", bramó el hombre del cuchillo. Ambos se marcharon escupiendo el suelo.

"Ya no es seguro aquí", susurró su madre con el rostro vacío.

"Madre...¿dónde más podemos ir?".

No fue hasta el amanecer que la turba llegó. Arrastraron a su madre por la ropa y los cabellos.

La pira ya olía a aceite.

Incluso entre los gritos su madre la miró y negó con la cabeza...hasta que dejó de moverse.

La cantina era el refugio de los hombres sin esperanza. Dentro tal vez habría alguien ignorante de lo ocurrido. Daba igual.

Las tres se tomaron de las manos.

El fuego llegó como un relámpago. Los golpes en la puerta y paredes eran casi tan fuertes como los gritos...casi.

"Mamá no lo hubiera querido", dijo la más pequeña cuando sólo quedaban cenizas.

Jailly se agachó y la abrazó.

"Mamá ya no está...sólo nosotras...por ahora".

El Trueno en el Cielo

La historia continúa

El Trueno en el Cielo

Si este artículo despertó tu curiosidad, el origen de todo comienza aquí. El mundo, los clanes y la Corriente nacen en esta novela.